Volver a la escuela en tiempos de crisis

Desde el litoral caucano las voces de docentes y estudiantes se reúnen alrededor de la esperanza   por volver a la escuela después de dos años de dudas e incertidumbres generadas por la pandemia del COVID 19. 

Como un espacio de protección y un territorio de paz y de vida, el retorno a la escuela, desde las diversas realidades y desde todas las cuencas de los ríos, constituye una motivación para las comunidades del Litoral Caucano.  Junto con la esperanza y la motivación, la comunidad educativa también se pregunta por la pertinencia, la identidad, las relaciones de convivencia, la educación ciudadana y socioemocional, así como también por la calidad de los procesos de enseñanza -aprendizaje tras los rezagos de dos años de trabajo a distancia a través de guías.

A estos cuestionamientos se suman el recrudecimiento del conflicto armado, el desplazamiento forzado desde diciembre del año pasado, el escalamiento de la violencia sociopolítica provocada  por la coyuntura electoral, el ingreso de nuevos actores armados al territorio, la disputa y reconfiguración por el dominio territorial, que impactan el núcleo del derecho a la educación. Las niñas, niños, adolescentes y jóvenes, como ciudadanos y sujetos de derechos crecen y se forman en medio de varios fuegos cruzados: el pasado 24 de febrero a plena luz del día, tras una balacera en el casco urbano de Guapi, una estudiante de doce años que disfrutaba del descanso, resultó herida por una bala perdida. Este hecho generó pánico en la comunidad.

La zozobra de este enfrentamiento, sumada al paro armado anunciado por el ELN, hizo que la comunidad se confinara al interior de sus viviendas. Esa noche hubo tiroteo y presencia de hombres armados en el casco urbano. 

Al día siguiente empezaron a aparecer tímidamente banderas blancas en los marcos de las ventanas y balcones, pidiendo mantener a la población civil al margen de las confrontaciones armadas. Ese mismo llamado humanitario ha elevado la comunidad durante el mes de marzo, saliendo masivamente a reclamar a los jóvenes que han desaparecido de las aulas, pidiendo que no se use a las escuelas como escenarios de guerra, sabiendo además que la situación de violencia tiende a agudizarse, en este período previo a las elecciones presidenciales de mayo.

Atender los impactos socioemocionales de estas violencias en el ámbito escolar es el gran reto de la comunidad docente del Litoral. Por eso las comunidades han empezado a priorizar el fortalecimiento de la orientación escolar y de los comités de convivencia escolar y municipal, como instancias que pueden mediar y generar formas alternativas de resolución de conflictos a través del diálogo y la escucha.  

Por otra parte, el fortalecimiento de la formación integral, desde las raíces y los saberes del territorio, que proponga a los y las jóvenes una alternativa viable para su proyecto de vida, es otra de las grandes apuestas de las comunidades educativas en este territorio. Allí, el papel de la educación será insistir una y otra vez en el valor fundamental e inconmensurable de la vida y la dignidad humana.   

Ahora bien, además de la violencia que enfrentan los territorios, saldar las deudas estructurales de la educación -infraestructura, contratación, ampliación y pertinencia cultural del Plan de Alimentación Escolar, planta docente, dificultades o incluso nula conectividad, calidad, etnoeducación e interculturalidad- requiere de un trabajo multinivel, en redes e incidente, que permita entre otras cosas alertar sobre la necesidad de declarar la emergencia educativa para el pacífico colombiano, tarea para la cual las comunidades están listas y entusiastas.

Las voces de los docentes se mueven entre la incertidumbre de habitar un territorio en el que las armas no paran y la esperanza que nace en la vocación de ser maestros. La comunidad abraza la escuela como su espacio de resistencia y defensa de la vida y de la paz.