«¿Quién dijo que las espinas no podían florecer?»

En el marco de Escuelas de Palabra, iniciativa de Educapaz y la Comisión de la Verdad para contribuir a establecer el valor de la verdad y su importancia en la construcción de paz desde las instituciones educativas, se crearon los Cineclub, espacios para reflexionar sobre el tema a través de material audiovisual. Jessica Polo, joven participante del Cineclub por la memoria y la verdad, nos cuenta su experiencia.

Para C. S. Lewis, «las dificultades preparan a personas comunes para destinos extraordinarios». Pensé en aquella frase justo ahora, cuando la actual crisis nos presenta la oportunidad de dar pasos firmes recordando nuestro pasado, pensando en nuestro presente e imaginando un mejor futuro. Y eso es, precisamente, lo que nos permite hacer el Cineclub por la memoria y la verdad acercándose a la cotidianidad del hogar para generar espacios de convivencia y aprendizaje mediante la virtualidad, en donde todas las voces y memorias poseen gran valor frente a la construcción de una conciencia ciudadana.

A lo largo de los distintos encuentros y jornadas, se hizo evidente la importancia de establecer la verdad como un bien público, como un derecho del ser humano en el que las palabras tienen un sensible poder de esclarecimiento, de relatar a través de particulares lenguajes estéticos —como el teatro, la música, el muralismo y la danza— las situaciones retadoras que nuestros territorios, la costa Caribe entre ellos, han vivido.

En este espacio, pensado y creado por jóvenes, los productos audiovisuales permitieron visibilizar la forma en que cada actor de las instituciones educativas se movilizó para mejorar los procesos de formación integral y se evidenció la forma en que niñas, niños, jóvenes y maestros desean potenciar el desarrollo de una cultura de paz tanto para su territorio como para Colombia.

“Nuestro Cineclub nos ha brindado un espacio para reflexionar sobre los sucesos y los significados de las verdades históricas en los distintos territorios y, a través de ello, ha posibilitado la formación de ciudadanos y ciudadanas que siguen sanando el recuerdo del conflicto. En este, a través de películas, documentales y experiencias artísticas, sentí que todos los participantes estábamos vinculados por las situaciones de conflicto que marcaron la piel de cada territorio y de cada institución educativa. Estos relatos nos fortalecieron. Con cada interacción se enriquecieron nuestras memorias y verdades. Fue muy claro el llamado a las escuelas para fortalecer diálogos de reconocimiento frente a aquellas memorias que no deben seguir escondidas en el miedo o en la naturalización del maltrato, pues la educación para la paz nos ayuda a avanzar en la resolución de dificultades. A todos se nos confían las esperanzas, la voluntad, el compromiso y responsabilidad de entender las memorias de los conflictos como una posibilidad de recrearnos dentro de nuestras posibilidades y contextos.

Al finalizar cada jornada del Cineclub, nuevas dudas surgían en nosotros: ¿Qué lugar ocupa la memoria en nuestras instituciones educativas? ¿Qué lugar ocupa la memoria histórica que ha dejado el conflicto armado en nuestro diario vivir? Pero el asombro siempre era el mismo ante la forma en que las comunidades educativas superaron momentos tan difíciles y la manera en que usaron esas dificultades para trazar la ruta que los convirtió en lo que ahora son, en lo que ahora recuerdan y relatan.

Poder compartir este espacio por la memoria y la verdad de los territorios colombianos, puso en contraste mi duda acerca de si realmente de las espinas no podían surgir flores”