Palabras para resolver conflictos: los pütchipü’üi en la educación propia wayú

Estuvimos con Juan Gómez, docente wayú de la Institución Educativa Nuestra Señora del Carmen, quien nos habló sobre la etnoeducación, la educación propia y el sistema de resolución de conflictos wayú, basado en la figura del pütchipü’üi o palabrero.

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Cuentan los abuelos y las abuelas wayú que al principio de los tiempos era el pájaro Utta, un ave sabia y justa que tenía respuestas a todas las indagaciones, quien asumió el papel de intermediario entre las familias enfrentadas, seduciendolas con la palabra —palabra tan maravillosa como el canto de las aves— para evitar que los conflictos escalaran irremediablemente y restablecer la paz. Mientras desempeñó esta función, las peleas dentro de la comunidad, aunque desde luego no desaparecieron, nunca terminaron en violencia ni en derramamiento de sangre.

En Colombia, al hablarse de las comunidades étnicas y de los pueblos originarios, suele confundirse la etnoeducación con la educación propia, ideas cercanas pero que no son lo mismo: mientras la primera es una política estatal que busca integrar algunos de los saberes y dinámicas étnicas en los programas y currículos escolares (multilingüismo, interculturalidad, etc.), la educación propia es un proyecto comunitario autónomo de estos pueblos, basado en sus culturas, espiritualidades, necesidades y, en general, formas de entender su relación con las comunidades y el entorno.

Esta diferencia la tiene clara el profe Juan Gómez, con quien hablamos el pasado 17 de octubre en el webinario Resolución de conflictos en escenarios de educación propia. Para él, según su experiencia docente en educación propia del pueblo wayú, el sistema formativo de esta comunidad «incluye componentes territoriales, económicos, procedimentales, espirituales y lingüísticos —de la lengua materna— que rigen la conducta del individuo wayú para poder vivir en comunidad». Una parte fundamental de esta convivencia, tanto fuera como dentro de las comunidades educativas, es la resolución de conflictos, labor para la que es fundamental el rol del pütchipü’üi, mejor conocido por fuera de este pueblo como ‘palabrero’.

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Cuando el pájaro Utta, el primer palabrero que existió, se retiró a descansar, la comunidad lo reemplazó con un pájaro carpintero. Este, acostumbrado a ser duro para romper la corteza de los árboles, llegaba a las casas golpeando agresivamente las puertas, gritando y exigiendo un pago para sus servicios de mediador, augurando terribles guerras en caso de no recibir su recompensa. Aunque el miedo hizo que, en un inicio, las familias aceptaran sus condiciones, no pasó mucho tiempo antes de que se dieran cuenta de su error y reemplazaron al mediador, primero por un murciélago y, después, por un mico.

Contrario a como pasa en los colegios tradicionales, en los que el manual de convivencia y el reglamento son la base para la resolución de los conflictos entre estudiantes, la educación propia wayú prevé un modelo basado en el diálogo, a través de dos espacios: por un lado las autoridades ancestrales —los mayores, como los abuelos y las abuelas—, encargadas de mediar en aquellos problemas cotidianos que no sean particularmente graves, y, por el otro, los palabreros, esos terceros externos pero con toda la credibilidad y autoridad moral entre la comunidad, quienes son llamados cuando los problemas son mucho más serios.

«Una vez me tocó vivir un caso en un internado wayú en Albania, en La Guajira —nos cuenta el profe Juan—: un estudiante agredió al otro y hubo derramamiento de sangre. El caso podía escalar entre las familias de los muchachos, así que, para evitar esto, la institución educativa llamó al pütchipü’üi y este medió entre las familias, para que todas quedaran satisfechas, para volver a alcanzar el equilibrio entre ellas».

Esta es una de las características más notorias y enriquecedoras de la resolución de conflictos en el pueblo wayçu: no se da entre individuos —ni siquiera cuando el problema fue entre ellos— sino con las familias; estas son la base de la comunidad y por ende son estas tanto las responsables como las afectadas por cada acto de uno de sus miembros. Lo mismo aplica para la vida escolar: «la responsabilidad no es individual sino un compromiso colectivo», nos recuerda el profe.

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El murciélago llegaba a las casas de madrugada, usando un sombrero ancho que no dejaba ver sus ojos y diciendo palabras que no podían entenderse bien y que terminaban por agrandar los conflictos entre las familias. Era un palabrero confuso y alambicado, y por eso lo destituyeron. Su reemplazo, el mico, aunque mucho más amable y divertido, tampoco lo hizo mejor: no cumplía con su palabra y de camino a mediar entre familias se quedaba dormido o se iba de parranda con amigos. La comunidad también lo destituyó como palabrero.

Desde tiempos ancestrales, con sus más y sus menos, como cualquiera otro, este mecanismo de resolución de conflictos, basado en la palabra y la mediación antes que en las normas y las reglas escritas, le ha servido al pueblo wayú para mantener o recuperar la paz. Sería un grave error pensar que de esta experiencia no se puede aprender y sería un imperdonable desperdicio no intentar aplicar algunas de sus dinámicas y enseñanzas en el resto de las instituciones educativas, incluso en aquellas que no tienen un enfoque étnico, en colegios públicos y privados de zonas urbanas y rurales. La interculturalidad, nos recuerda el profe Juan, debe ser de doble vía: no es solo que los pueblos étnicos y originarios puedan educar con base en sus culturas y creencias, sino que estas puedan mejorar todo el sistema educativo del país.

Aunque todavía tímidos y aislados, ya se están dando algunos pasos para lograr esto. En algunos colegios de La Guajira, por ejemplo, las instancias formales de resolución de conflictos están intentando integrarse con las redes de palabreros e, incluso, se están reformando los manuales de convivencia para que respondan a estas otras dinámicas que han sido tradicionalmente olvidadas en el sistema educativo nacional.

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Aún hoy esperan el regreso del pájaro Utta. Mientras eso ocurre —si es que algún día ocurre— algunos miembros de la comunidad, los más respetados y creíbles, han asumido este rol en reemplazo de los animales. Ninguno es perfecto, pero por lo menos la experiencia les ha dado una guía sobre lo que debe hacer un mediador: debe ser firme y serio, pero no amenazante como el pájaro carpintero; debe ser prudente pero no intrigante como el murciélago; deben tener buen humor pero sin excederse como el mico. Un buen pütchipü debe ser como el pájaro Utta: seductor con la palabra, seducir a su comunidad hacia la paz.