No es tanto «cuándo abrir» sino «para qué» abrir

Mientras el Gobierno nacional insiste en su plan de reapertura de los colegios bajo el modelo de alternancia, algunas voces alertan de lo peligroso que puede ser abrir sin tener un plan para cerrar las brechas que la pandemia ha agrandado entre algunas comunidades educativas.

El 16 de febrero las escuelas empezaron a cerrar por cuenta del COVID-19. Las primeras en hacerlo fueron las de algunas regiones de China y las de Mongolia. Para entonces tan solo el 0,1 % del total de estudiantes del mundo —cerca de un millón— se vieron afectados por tal medida (ver ilustración 1). Menos de dos meses después, durante el pico global de la pandemia, 192 países, Colombia entre ellos, tomaron la misma decisión, impactando en más de un billón y medio de estudiantes, el 90.1 % del total mundial (ver ilustración 2). 

Esta tendencia ha empezado a invertirse durante junio y julio: Una veintena de países han reabierto sus escuelas y muchos más solo tienen cierres parciales y localizados, lo cual ha permitido que cerca del 30 % de la población escolarizada esté retomando las clases presenciales (ver ilustración 3). 

Colombia parece que pronto se unirá a este club de países que regresan a la presencialidad, poniendo fin a más de 140 días de cierre escolar. Eso por lo menos es lo que tiene en mente el Gobierno nacional, el cual señaló agosto y septiembre como los meses en los que reabrirán sus aulas algunos establecimientos educativos en 34 entidades territoriales certificadas en educación —16 departamentos, 18 municipios y 11 comunidades indígenas (ver ilustración 4)— que no presentan casos de contagio o que tienen baja afectación del coronavirus, como lo dijo el presidente Iván Duque en una de sus alocuciones:  

Este modelo de reapertura se haría con base en los Lineamientos para implementar la educación en casa y la presencialidad en alternancia con prácticas de bioseguridad, documento elaborado por el Ministerio de Educación en el que, entre otras cosas, se precisan las condiciones de un proceso de retorno gradual y progresivo a las aulas bajo un esquema de alternancia, de acuerdo con las condiciones de cada establecimiento, su contexto territorial y poblacional, la prestación de servicios como la alimentación y el transporte escolar, los desplazamientos desde y hacia la comunidad educativa y, desde luego, el cumplimiento de una serie de protocolos de bioseguridad (ver ilustración 5) en cada uno de estos espacios:

Fuente: Twitter, 7 de junio de 2020, @Mineducacion

Fuente:Twitter, 14 de junio de 2020, @Mineducacion

Pero no todos están de acuerdo con la reapertura, no por ahora y no de esta manera en todo caso. Así lo han hecho saber voces como las de la Confederación Nacional de Padres de Familia y la Federación Colombiana de Educadores —Fecode—, es decir, nada más y nada menos que los representantes de las familias, cuidadores y docentes:

«Si un niño llega a fallecer, hacemos responsable a la Ministra [de Educación]. Los colegios no están preparados para volver ni tienen los protocolos de bioseguridad». Carlos Ballesteros, presidente de la Confederación Nacional de Padres de Familia

«No estamos para experimentos. No es momento de presencialidad ni alternancia. Si el Gobierno determina eso los profesores entraremos en desobediencia civil. No vamos a ir a los colegios». Nelson Alarcón, presidente de Fecode

Sobre este tema estuvimos hablando con Víctor Murillo y Jaime Benjumea, respectivamente director nacional y coordinador nacional de colegios en concesión de Fe y Alegría —uno de los socios de Educapaz— en el espacio Un café con…, encuentros virtuales que hemos creado para fomentar el diálogo y la reflexión alrededor de la educación.

Víctor considera que, teniendo en cuenta los análisis expertos que ubican precisamente en agosto y septiembre el pico de la pandemia en Colombia, en lo que resta del año no habrá reapertura de escuelas en el país, muy a pesar de lo que quiera el Gobierno. En especial teniendo en cuenta los resultados de una encuesta que da cuenta no solo del desacuerdo de la inmensa mayoría de familias y cuidadores, sino además de la manifiesta incapacidad de estos para cumplir con todos los protocolos planteados por las autoridades para el regreso a clases:

«El 90,6 % de las familias no están dispuestas a mandar a sus hijos al colegio en esta realidad (…), el 61 % no están en capacidad de proveer los protocolos [de bioseguridad] en el trazado de la casa al colegio y del colegio a la casa (…) y el 85 % no asumen la responsabilidad si sus hijos se contagian (…) es decir que creen que la culpa sería del Gobierno». Víctor Murillo, director nacional de Fe y Alegría 

Para Víctor, la discusión sobre la fecha de reapertura, aunque importante, debería pasara un segundo plano ya que evita hablar de lo verdaderamente importante: ¿Cómo hacer para recuperar lo perdido? 

«No se trata simplemente de que abran en agosto o septiembre, o en noviembre o diciembre: lo que hay que evitar es que la educación buena sea para los que tienen y para los pobres sea una pobre educación (…) y los que van a poder cumplir con los protocolos serán solo algunos cuantos colegios y mientras tanto los que tienen más necesidades y que ya venían rezagados desde antes de la pandemia, se van a rezagar aún más». Víctor Murillo, director nacional de Fe y Alegría

Jaime está de acuerdo con esta postura y considera que la discusión no puede seguir siendo qué hacer con el estudiantado durante este año, sino que además se debe pensar en el largo plazo:

«La emergencia sanitaria pasará en el corto y mediano plazo, pero la emergencia educativa será de largo aliento. Por ello, actuar sobre las brechas que está dejando el esquema de aprendizaje en casa no es simplemente una acción de reanudar la escolaridad presencial con protocolos de bioseguridad que puede agravar la situación. Afrontar la emergencia educativa es una tarea organizada y planificada a corto, mediano y largo plazo, para emprender una “nueva normalidad”, con el objetivo de proteger, garantizar, preservar y restaurar el derecho humano a una educación de calidad de niñas, niños y jóvenes en situación de crisis a causa de la emergencia sanitaria». Jaime Benjumea, coordinador nacional de colegios en concesión de Fe y Alegría

La alternancia, se recordó durante el café, es tan solo una modalidad de reapertura, una a la que se tendría que recurrir varias veces dada la tendencia del COVID-19 a presentar rebrotes, pero además una que, para que funcione, requiere no solo de protocolos sino además de más recursos, dotaciones e incluso más —o diferentes— salones y modelos de arquitectura para el aprendizaje:

«Calculo que los colegios en concesión, con aulas de 60 metros cuadrados, guardando las distancias del protocolo te van a permitir meter más o menos 17 alumnos. ¿Qué pasará con los demás? (…) Recientemente un médico hizo cálculos y se dio cuenta de que, cumpliendo todos los requisitos de la alternancia, dejando una única puerta de entrada al colegio, solo van a poder entrar 66 estudiantes en una hora. ¿Es eso viable para todos los colegios?». Víctor Murillo, director nacional de Fe y Alegría.

Es entendible e incluso loable el interés del Gobierno nacional por volver lo más pronto posible a la presencialidad escolar. De cierta forma es lo que todos queremos. Pero en ese afán no puede perderse de vista que lo verdaderamente importante no es el número de colegios reabiertos sino la disminución de las brechas de aprendizaje entre unos y otros, brechas que venían de tiempo atrás y que se ampliaron de forma preocupante durante la pandemia. Si la reapertura no se hace teniendo en cuenta este aspecto, entonces quizás no hayamos aprendido nada de esta crisis.