No deberíamos tener que escoger entre maternidad y trabajo

Daniela Guarnizo, gestora pedagógica de Educapaz para cinco sedes educativas en el municipio de Chaparral, Tolima, nos cuenta su reciente experiencia como madre trabajadora.

La primera vez que vi a mi bebé me enamoré de inmediato de sus hermosos ojitos, sentí una energía de amor y gratitud que recorrió mi cuerpo de pies a cabeza y me llené de una emoción indescriptible de protección y cuidado. Los primeros meses fueron caóticamente hermosos, tiempo que dediqué a fortalecer nuestro vínculo de apego, a adaptarme a esta nueva vida, a aprender de él y a recuperarme. 

Si una cosa tuve clara durante el embarazo, es que continuaría desarrollándome profesionalmente y que, si quería ser una excelente mamá, debía seguir creciendo como mujer, sin perder mi esencia. Por eso fue que, al cabo de los dos primeros meses de licencia de maternidad, retomé virtualmente algunas de mis actividades, una oportunidad para seguir atendiendo a mi bebé y, a la vez, volverme a sentir como yo misma durante algunas horas del día. Esas reuniones de trabajo lograban sacarme del puerperio y del caos que implica la maternidad, en especial en mamás primerizas como yo. 

Un par de meses después, retomé por completo mis actividades laborales. Fue un nuevo aire para mí, una renovada oportunidad para hacer las cosas. Sentí la fuerza y la motivación de una recién egresada de la universidad estrenando su primer trabajo. Las ideas fluían y se notaba. Mi bebé también estaba allí junto a mi, y eso era lo mejor de todo, quizás la explicación de todo. Mi equipo estuvo de acuerdo con que lo llevara. Toda mi familia vivía en Ibagué y aún no me atrevía a dejarlo con un desconocido. 

Eso ya no es un problema. No desde inicios de 2020, cuando tomé la decisión de mudarme para estar al lado de mi esposo, padres y suegros. Ahora tengo que desplazarme diariamente a Chaparral, a tres horas de distancia, pero saber que mi hijo está acompañado por su familia me llena de tranquilidad. Por lo general voy y vuelvo el mismo día, pero en ocasiones debo estar por fuera de casa dos o tres días seguidos. Es duro. Aunque mi bebé ya tiene ocho meses, todavía tiene la leche materna como su principal alimento y yo sigo siendo la persona a la que más apegado está —o él la persona a la que más apegada estoy yo—. Mi partida siempre es difícil, para los dos. Yo lo extraño mucho, demasiado, y en varias ocasiones he estado a punto de sufrir mastitis. Él, por su parte, al final de la tarde empieza a desesperarse, a llorar y a llamarme. Cuesta saberlo, muchísimo. Pero al final cada reencuentro, lleno de abrazos, juegos, cantos y mimos, termina valiendo la pena.

Ahora puedo decir que entendí lo que significa el amor de una madre, que viví los sacrificios y los esfuerzos que hacemos las mujeres que damos vida. Que comprendí que el amor es más fuerte que el miedo y que siento total admiración por las mujeres que somos mamás y que trabajamos para darle un mejor futuro a nuestros hijos. Siento profunda admiración por las mujeres que continúan creciendo, cumpliendo sus sueños y alcanzando sus metas. Nuestros hijos necesitan ver que somos fuertes, que somos valiente y que somos felices.

En medio de todo yo he sido de las afortunadas. Educapaz, más que un trabajo, me ha brindado la oportunidad de seguir creciendo profesional y personalmente, interesándose, siempre, por mi bienestar y el de mi familia, en especial el de mi bebé. Eso ha hecho mucho más sencillo y llevadero el reto de combinar la maternidad con lo laboral, algo con lo que me siento plena y feliz. 

En Colombia, a pesar de que las mujeres tienen mayor nivel de escolaridad y de que constituyen la mayoría de la población, la tasa de desempleo es cinco puntos porcentuales mayor que la de los hombres (13.5% para ellas y 8.4% para ellos), de acuerdo al Censo 2018 del DANE. Esto, en gran medida, por la percepción empresarial de que el embarazo es una carga que no les permite ser buenas profesionales. 

Según la Encuesta Nacional de Demografía y Salud, al 32,5 por ciento de mujeres que han trabajado alguna vez les exigieron prueba de embarazo; al 2,2 por ciento, prueba de esterilización y al 7,6 por ciento, prueba de sida. 

Además, según el DANE, las mujeres destinan más del doble del tiempo que los hombres al trabajo doméstico no remunerado aun cuando están insertas en el mercado laboral. La sobrecarga de trabajo afecta sus posibilidades de ingresos en el mercado de trabajo en iguales condiciones que los hombres.