Mujeres que transforman la educación en el litoral caucano

El 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, un buen momento para visibilizar a aquellas mujeres del litoral Pacífico caucano que, con su resiliencia y las herramientas adquiridas con el diplomado de Educapaz, quieren incidir en los procesos educativos de sus territorios.

No me mires por debajo de tus hombros 

como si no fuera naide, 

pues quizá yo valgo más que tú… 

Pero no hay mejor escuela 

que la escuela del saber, 

la escuelita de la vida, 

la escuelita a la que juí. 

(«No me hieras», por Paulina Cuero Valencia, 

poetisa del Pacífico)

Son 62 mujeres, todas ellas del litoral caucano, aquel lugar de raíces de ébano y chirimía en el Pacífico sur colombiano. Si algo caracteriza a estas mujeres, es su berraquera, sentido de la organización e indiscutible resiliencia. De eso da fe toda persona que haya tenido el placer de conocerlas o de trabajar a su lado. 

«Las mujeres de la costa caucana estábamos empoderadas desde hace mucho tiempo, solo que no había llegado una organización que nos diera ese empujoncito para tomar las riendas de nuestras iniciativas, de nuestras ideas, apoyándonos incondicionalmente para que nos ayudemos entre nosotras mismas». Quien habla es Mabel, sicóloga de López de “Micay y una de las participantes del diplomado Transformaciones para la incidencia en educación”. Con este, Educapaz ha querido crear un espacio seguro para dialogar sobre las realidades del territorio, fortalecer la autonomía de las personas, mejorar la calidad de las relaciones entre ellas y cualificar la capacidad organizativa de los colectivos de la región, todo esto en clave de género. 

«Los hombres y la cultura muchas veces nos ignora y discrimina –afirma Keila, pedagoga de Guapi y otra de las futuras diplomadas–, Ahora, con las herramientas del diplomado, nos es mucho más fácil decir: ¡No, alto aquí! Esto se puede hacer diferente, nuestras relaciones pueden ser de otra manera (…) Lo que queremos es realizar un proceso de transformación encaminado al mejoramiento de las prácticas de convivencia, fundamentado en el respeto, la tolerancia y la comunicación asertiva; uno que también destaque las consecuencias de la violencia contra la mujer y su relación con la construcción de paz». 

El diplomado también ha resultado útil para fortalecerlas, ya no como individuos, sino como organizaciones. Eso es lo que más rescata Graciela, docente en Timbiquí: «Estamos adquiriendo herramientas para trabajar mancomunadamente en un proceso colectivo de construcción de paz y de valores (…). Ahora es más fácil trabajar en colectivo y también con entidades que apoyan nuestros procesos de mujeres con miras al progreso social (…) La transformación que proponemos –prosigue– es una en la que los niños, niñas y jóvenes que viven en un ambiente de violencia sepan que esa no es la sociedad para la que hemos nacido, que encuentren en la escuela un ambiente agradable que favorezca el desarrollo de sus cualidades y capacidades pero que, sobre todo, despierte en ellos un espíritu pacífico». 

Esa ha sido una parte fundamental del éxito de la iniciativa. Esa y su capacidad de adaptación a las realidades y necesidades de las participantes y de la zona: «Tenemos una guía que nos facilita cada una de las sesiones –explica Liliana, gestora local de Educapaz–, unas actividades y unos paso a paso que sirven como guía. Pero lo importante es que eso lo vamos construyendo con los mismos integrantes del diplomado, o sea que no es nada impuesto, se les da la oportunidad a las personas para que sean ellas mismas quienes lo construyan». 

Yo tengo mi raza pura 

y de ella orgullosa estoy, 

de mis ancestros africanos 

y del sonar del tambó. 

Yo vengo de una raza que tiene 

una historia pa’ contá 

que rompiendo sus cadenas 

alcanzó la libertá. 

(«Negra soy», por Mary Grueso Romero, 

poetisa del Pacífico) 

Una de cada tres ha sido golpeada por su pareja. Son las principales afectadas por el desplazamiento forzado, el despojo de tierras y la violencia sexual en el conflicto armado. La impunidad en sus casos supera el 80 %… Esta es, de acuerdo a ONU Mujeres y a Medicina Legal, la situación de las mujeres colombianas. 

Es bueno recordarlo justo ahora, cuando el mundo está a punto de conmemorar un nuevo Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, como una forma de no perder de vista que aún hay mucho por hacer para eliminar este flagelo y el rol fundamental que cumple la educación en ello. 

Eso lo tiene claro Mabel: «Nosotras, como mujeres de la costa Pacífica, hemos sido vulneradas, por no decir otra palabra –confiesa–. Desde la educación –continúa– podemos aportar muchísimo para la no violencia contra la mujer: charlas, reuniones, procesos de concientización a nuestras compañeras mujeres; convencerlas de que podemos superarnos y valernos por nosotras mismas». 

«Educar es la clave –asegura sin sin dudar Keila–, educar para crear ambientes protectores que garanticen el goce efectivo de nuestros derechos como mujeres». «Educar –también responde Graciela–, educar como herramienta sublime para brindar otras opciones a las mujeres y a los hombres que conviven en un ambiente de violencia de género». «Educar –repite Liliana–, educar para que las mujeres se empoderen y también para transformar a los hombres». 

Y eso precisamente es lo que hace Educapaz con el diplomado. Pero no como quien repite una lección, sino con el objetivo de que ellas puedan reconocer sus capacidades y competencias para asumir de manera autónoma sus roles como mujeres transformadoras de la realidad educativa territorial. Formar, sí, pero para que logren desarrollar competencias para relacionarse desde el cuidado, la confianza, la comunicación asertiva y el diálogo, con el propósito de trabajar en equipo para la transformación de las realidades educativas territoriales. Formar, sí, pero facilitándoles reconocerse como colectivo con capacidades para proponer, incidir y decidir sobre las agendas educativas en el territorio, aplicando un enfoque restaurativo. Formar, en últimas, para que toda esa berraquera y resiliencia que ya tienen en sus cuerpos y almas de mujeres, sean utilizadas como motor de cambio individual y colectivo; en su papel como educadoras de paz.

Amigo mío: la guerra 

cabalga sin tregua, 

pisotea los sueños 

y no le perdona al tiempo. 

SUEÑO DEL BOSQUE. 

Vivo en el bosque

 de palabras. 

(«Noches de búhos», por Lyda Cristina 

López Hernández, poetisa del Pacífico)

El diplomado ya va por su tercera sesión de trabajo, convirtiéndose en un espacio tan incluyente que, aun los tres hombres que se han animado a participar, han sido recibidos con los brazos abiertos. 

«De eso se trata educar para la paz –asegura Liliana–, de darnos cuenta de que todas y todos cabemos y de que todas las ideas bien sustentadas pueden sacar un objetivo adelante, pueden transformar los territorios, aún los más afectados por las violencias». 

Con esto está de acuerdo Graciela, para quien educar para la paz es, además, «formar para la convivencia social, convencernos nosotras mismas de que podemos construir una mejor sociedad, sabernos entender y sabernos reconciliar». 

«Para mí –complementa Keila– educar para la paz es fortalecer valores desde mi casa, desde mi entorno y desde mi persona, y así poder incidir en otras personas para poder transformar los espacios de mi comunidad». 

Educar para la paz también es mostrarles a las niñas y a los niños otras formas no violentas de resolver conflictos. Así lo cree Mabel: «desde las aulas podemos incidir muchísimo, dándoles a conocer que ellas y ellos tienen prioridad, que ellas y ellos son el futuro, que ellas y ellos tienen derechos y deberes, que ellas y ellos van a tener el respaldo que necesiten cuando decidan buscar ayuda». 

Como se ve, enfoques hay muchos. Pero en lo que todas estas valiosas mujeres están de acuerdo, es en que educar para la paz también es empoderar a las mujeres, hacerlas valientes y resilientes, y, paralelamente, transformar a la sociedad para que condene y prevenga la violencia contra ellas.