Mujeres que educan, mujeres de paz

Cuatros mujeres con historias diversas, hablan de su labor como gestoras de cambio y de paz y cuentan lo que han significado los cambios sociales, culturales y políticos generados por las mujeres.

«Déjame cantar, déjame cantar que ya estoy cansada de tanto llorar». Así canta en sus clases Yoli Delfina Navarrete, docente de la I.E. Técnico Agropecuario Tangareal Carretera, en Tumaco. Empezó a cantar porque en sus aulas imperaba el silencio y la desmotivación, porque sus alumnos y alumnas no querían expresar lo que les estaba pasando, no podían comunicar lo que sentían ni lo que estaban viviendo. Ella descubrió que a través de los arrullos se expresaba una historia de vida, una narración que la despierta y sensibiliza a ella misma y a los otros para encontrar un punto en común, una historia compartida.

«Canto para matar el llanto, para ahogarlo». En las letras de las canciones también ha encontrado una manera de reflexionar sobre el dolor propio y el de su comunidad, Ella logró lo que se propuso desde el día en que decidió ser maestra: motivar a sus estudiantes a hacer de sus propias historias una manera de desarrollar sus capacidades. Así se lo prometió, como una forma de exorcizar aquellas frustraciones que le dejaron sus propias maestras, esas que de niña le dijeron que no sería capaz de ser bailarina, como soñaba. Hoy encuentra que es la música, los cantos y las expresiones propias de su región lo que la impulsa y motiva para encontrar un sentido de vida y para desarrollar las capacidades de sus estudiantes. Por eso se emociona cuando sus estudiantes empiezan a producir sus propias poesías, canciones y relatos. Es su forma de perdonar a las maestras que le tocaron.

 Ese mismo perdón es fundamental para Marien Grueso, líder de territorio en el Consejo Comunitario de Guapi Bajo. Para ella el mayor impacto que dejó la violencia en los territorios fue el rompimiento de las relaciones comunitarias, con las familias que se conocían desde siempre y que la maldita guerra se encargó de dividirlas entre víctimas y victimarios. «Nosotras contra nosotras —reflexiona—. No ha sido fácil asimilar que mi hijo lo mató el hijo de mi compadre y que te tienes que ver frecuentemente con la mamá del violento, con el hijo del violento. La violencia sicológica en el territorio por los hechos victimizantes porque los cometen los que estamos en el territorio.” Cree que para restablecer estos lazos es fundamental la labor de las madres, lideresas y gestoras de los territorios: «Las mujeres son las que han puesto la pérdida —continúa—, entonces a nosotras nos toca perdonar al violento y seguir conviviendo con él (…) iniciar el proceso de perdón real». 

El principal obstáculo que encontrarán es el machismo reinante en los espacios sociales, culturales, políticos y educativos de la región. Así por lo menos lo cree Leydi Riascos, coordinadora de Educapaz en los municipios de Guapi, Timbiquí y López de Micay. «Aún falta que las mismas mujeres emprendan un camino menos dependiente de actores masculinos y visibilicen mucho más cada una de las acciones de las organizaciones sociales y culturales —asegura—, pero ante todo que tengan mayor incidencia a nivel político (…) Hoy es importante que las mujeres planifiquen, que ellas sean las que den cuenta de qué es lo que requieren para transformarse, pero que sean ellas mismas las que lo hagan. Deben reconocer la importancia de reconocerse como mujer afro, valorar sus fortalezas y sus logros, reconocerse y visibilizarse como agentes de cambio enfocando cada una de sus acciones en dejar huella y en dar ejemplo a sus hijos, enseñarles su importancia como mujer y que aprendan a conocerse, a ser libres en sus decisiones y en lo que las mujeres consideren que las ayuden a ser autónomas y libres». 

Orgullo de mujer afro es lo que le sobra a Dilia Maria Cundomino Curo. Ella lleva más de diez años trabajando como artesana de madera y como lideresa de formación en oficios tradicionales. «Para mi, la artesanía es un arte de vida, es un saber, es una cosa que se transporta del corazón a una pieza de madera». Sus manos son el símbolo de su trabajo pero también de su transformación y el de mujeres y hombres a quienes ha enseñado su saber. Eso le ha permitido alcanzar su independencia y sustento autónomo, por lo que no es de extrañar que recomiende la artesanía como uno de los quehaceres más viables para aquellas mujeres que no pudieron terminar sus estudios, permitiéndoles alcanzar su sostenimiento individual y el de sus hogares. De hecho, uno de sus sueños es construir una escuela que le permita transmitir su experiencia con la madera, los procesos que esta labor implica y el trabajo posterior de promoción, difusión y venta de los productos. «Yo me siento orgullosa de decirle al mundo que una mujer sí puede llegar a manipular la madera, me llena de orgullo saber que yo puedo llegar a hacer esto y decirle al mundo que como mujer llegamos a hacer algo lleno de valor”.