Hacia una generación de paz

A treinta años de la firma de la Convención sobre los Derechos del Niño, en Colombia, esta parece necesitarse más que nunca. Dos eventos de la Comisión de la Verdad, en Bogotá y en Medellín, buscan recordarla, visibilizar las victimizaciones que han padecido los niños, niñas y adolescentes en el conflicto armado colombiano, y fortalecer su rol en la construcción de paz.

«Tratando de fugarse de la pesadilla, José Arcadio Segundo se arrastró de un vagón a otro, en la dirección en que avanzaba el tren, y en los relámpagos que estallaban por entre los listones de madera al pasar por los pueblos dormidos veía los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños» (Cien años de soledad, Gabriel García Márquez). 

El país –nuestro país, Colombia–, se estremeció de congoja y vergüenza al enterarse de que la guerra, que se rehúsa a largarse, se encarnizó con un grupo de niñas, niños y adolescentes en el Caquetá. Si fueron uno, ocho o dieciocho, armados o no, nos debería tener sin cuidado. Al fin y al cabo, como lo dijo el padre Francisco de Roux con voz resquebrajada después de escuchar la noticia, «un niño nunca puede ser visto como un combatiente». 

Es una tragedia, ¡una desgracia! Que no estuvieran en la escuela porque las condiciones del campo colombiano no lo permiten, lo es; que fueran obligados a irse con grupos ilegales porque estos sienten que las armas les han dado el derecho de hacer lo que se les dé la gana contra la población, lo es; que fueran bombardeados por el Estado porque allí hay quienes están convencidos de que ante todo hay que dar parte de las bajas, también lo es. No hemos entendido ni hemos querido entender que ningún niño o niña se va voluntariamente a la guerra, que el que se encuentren inmersos en tales contextos conlleva unas corresponsabilidades; pero no se trata de responsabilidades judiciales, sino éticas y morales de toda la sociedad –Estado incluido–, y que no hemos sabido responder a las necesidades de las zonas rurales ni, mucho menos, a las de las niños, niñas y jóvenes del campo. 

Sus historias, deplorablemente, son parecidas a la de los casi dos millones y medio de niños, niñas y adolescentes víctimas del conflicto colombiano, el 30 % del total de estas, de acuerdo con el Registro Único de Víctimas (RUN): víctimas que han sido asesinadas, han sido reclutadas o desaparecidas forzosamente, que han sido ejecutadas extrajudicialmente, han caído en minas antipersona (y bombas les han llovido encima), han sido amenazadas, han sido secuestradas, han sido violadas, han sido torturadas, han sido detenidas arbitrariamente… 

La sociedad colombiana debe hacer reflexiones profundas sobre las causas estructurales de la violencia que se ha cometido contra ellas, para que no se repita. Ese es precisamente el compromiso que ha adquirido la Comisión de la Verdad –entidad creada en el marco del Acuerdo de paz de 2016– con el Tercer Encuentro Nacional por la Verdad. El primero de ellos, realizado en junio pasado en Cartagena, se centró en el reconocimiento de las mujeres y personas Lgbti que sufrieron violencias sexuales en el conflicto armado (#MiCuerpoDiceLaVerdad). Y en agosto, en Pasto, tuvo lugar el segundo encuentro, el cual visibilizó a las madres y a las familias buscadoras de personas desaparecidas (#ReconocemosSuBúsqueda). 

En el Tercer Encuentro Nacional, que será acogido por Medellín, entre el 21 y el 22 de noviembre, el turno será para los niños, niñas y adolescentes. Será un espacio no solo para visibilizar todas las victimizaciones que han vivido dentro del conflicto armado colombiano, sino además para reconocer su dignidad, su resistencia y su aporte a la construcción de paz (#NuncaMásNiñosyNiñasEnLaGuerra). 

Algunas de las Escuelas de Palabra, un proyecto de Educapaz con la Comisión de la Verdad, de investigación participativa para que las escuelas del país reflexionen sobre la verdad y su papel en la construcción de paz, estarán en este encuentro, contando sus experiencias, sus aprendizajes y sus retos. 

Algo similar se vivirá en Bogotá un día antes, el 20 de noviembre, en el Encuentro de Niños, Niñas y Adolescentes, también organizado por la Comisión de la Verdad, «daremos voz a las organizaciones que han trabajado los temas de victimizaciones y resistencias de niñas, niños y juventudes en Bogotá y Soacha –afirma Darío Sendoña, coordinador (e) macro territorial de la Comisión para estos últimos territorios–, y también permitiremos que la sociedad bogotana y soachuna reconozca las violencias relacionadas al conflicto armado hacia esta población en esta zona del país (…) Pero sobre todo hablaremos de todas las formas de resistencia y de movilización social de la juventud por la paz, y de las experiencias y prácticas de construcción de paz desde los barrios». 

El Liceo Val (Vida, amor y luz) de Bogotá, presentará la obra de teatro «Colombia: un país que… reclama PAZ», una composición dramatúrgica que busca generar conciencia sobre el impacto que la cultura de la violencia ha tenido en niñas, niños, adolescentes y jóvenes del país; un clamor por imaginarnos y construir un país distinto. Esta obra, una de las acciones surgidas del Plan de transformación construido por el colegio con el acompañamiento de Educapaz, tendrá una impresionante puesta en escena, con cerca de cincuenta artistas, entre músicos, actores, actrices y bailarinas (aunque la versión original montada por las y los estudiantes supera los doscientos personajes en escena). 

No es coincidencia que estos eventos se realicen justo cuando el mundo celebra el 30.º aniversario de la Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1989. Tres décadas después, cuando una gran parte de la sociedad aún no despierta de la pesadilla de saberse en un país que no tiene reparos en hacer de las niñas, niños y adolescentes objetivos militares, y cuando otra parte de ella –espveramos que minoritaria– parece justificar tales actos, es momento de recordar no solo la Convención sino las razones históricas que llevaron a su aprobación unánime, y los motivos éticos que tenemos –que deberíamos tener– para hacerla cumplir a rajatabla, en época de guerra y de paz, en conflicto y en posconflicto, en las ciudades y en las zonas rurales. Educapaz como programa, y todas las personas vinculadas a él, han asumido y ratifican ese compromiso, el compromiso de ayudar a construir una generación de paz.