Encuentro, identificación y resignificación: aportes del San Pacho y el Petronio a la paz.

Entre el 14 y el 27 de septiembre, en Cali, se realizó el XXIV Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez. Casi de forma paralela, entre el 20 de septiembre y el 4 de octubre, en Quibdó se celebraron las Fiestas de San Pacho. Más que de eventos culturales, se trata de dos espacios de reencuentro y reconocimiento de las culturas afro, de las tradiciones y de educación para la paz. Hablamos con sus directoras.

A través de ellos viven y narran sus vidas y sus formas de entender la muerte. Son acciones libertarias, revolucionarias, creativas, artistas, transformadoras, mortuorias y pedagógicas con las que plasman sus entornos, sus pasados y sus devenires en la calle, el río, la ciudad, el manglar, la familia y el espíritu. Son dos de los festivales más importantes de la cultura afro en Latinoamérica, ambos con marcadas raíces africanas y ambos todavía vigentes: las Fiestas de San Pacho, en Quibdó, y el Festival Petronio Alvarez, en Santiago de Cali. 

Aunque separados por 420 kilómetros y una frontera departamental que a alguien se le ocurrió marcar en el mapa ignorando las dinámicas ancestrales de sus pobladores, por dos semanas, entre septiembre y octubre, estos dos festivales nos recuerdan que, aunque plural y diverso, la región Pacifico, ya no únicamente desde el Valle del Cauca hasta el Chocó sino desde Ecuador hasta Panamá, comparte raíces y culturas.  

Son fiestas, si, son alegría, claro, pero también ─y esto es lo que a quienes desconocen su verdadero espíritu les cuesta descifrar a simple vista─ son espacios de pedagogía, de reflexión, de perdón, de reconciliación y de verdades. Son, en últimas, espacios de educación para la paz. 

De eso no tiene ninguna duda Ana del Pilar Copete, directora del Petronio, de allí que a la versión de este 2020 la llamaran: “Más solidario, resiliente y resistente”. Para ella, el Festival no solo ha servido como punto de encuentro entre las comunidades afro, sabedores, instituciones educativas y niñas, niños y jovenes, sino que además «se ha  convertido en un espacio de reconocimiento identitario desde lo afro, desde lo negro, desde el territorio, desde el ser; es un espacio de encuentro, de identificción y de resignificación. Se ha convertido en una forma de educar sobre el territorio, sobre la música y sobre lo que significa ser negro o ser afro, lo que significa ser del Pacifico, sobre la cosmovision del territorio». 

La reflexión no es muy diferente a la que hace Ana Gilma Ayala Santos, gestora cultural, escritora y experta en tradiciones culturales chocoanas: «Las fiestas son una simbiosis étnica de la religiosidad y las culturas quibdoseñas y chocoanas. Es un espacio de afirmación cultural, de reiteración de que esos elementos culturales que se dan cita durante 16 días son nuestros, los vivimos y siguen vigentes. Desde el pasado, nuestros mayores encontraron en San Pacho, el santo y la fiesta, una manera de recrear los valores de la comunidad, valores como el amor, la solidaridad, la integración, el compartir. Por eso ─continúa Ana Gilma─ docentes y estudiantes son vinculados a la celebración, una en la que se trabaja para la paz, un espacio de convivencia donde los valores se resaltan, se mantienen, se vivifica y se fortalecen. Por eso es que San Pacho es el mejor espacio que tienen el pueblo quibdoseño para educar para la paz».

Las versiones del Petronio y de San Pacho de este año fueron diferentes. La pandemia obligó a cancelar varios eventos y a reprogramar otros para que, por primera vez en su historia, fueran totalmente virtuales. Pero el espíritu fue el mismo de siempre, uno enfocado a visibilizar la cultura de unas comunidades que quieren a través de sus fiestas y festivales construir paz.