El dilema bachiller

Al iniciar un nuevo año, miles de bachilleres de todo el país deben decidir si quieren y, sobretodo, si pueden ir a la universidad. Cuatro jóvenes chocoanos, nos cuentan sus perspectivas.

Colombia es una especie de embudo: de cada cien jóvenes, 52 acceden a la educación superior, treinta entran a la universidad, 16 se gradúan, cinco de ellos consiguen empleo y solamente uno, de los cien con los que empezamos, se pensiona. Eso según cifras del Sistema de Información del Ministerio de Educación Nacional. 

En Chocó, uno de los departamentos con los que el Estado tiene mayor deuda histórica, el embudo se angosta dramáticamente: sus tasas de cobertura en educación secundaria y media se parecen más a las de los países más pobres de África que a las de la mayoría de las regiones de Colombia y, de cada cien jóvenes que terminan el bachillerato, sólo 24 acceden a la educación superior. 

Queremos reflexionar sobre estas cifras justo ahora, cuando está iniciando un nuevo año, miles de jóvenes han recibido su diploma y se enfrentan al dilema del bachiller colombiano: en ocasiones —en más de las que se desearía—, los obstáculos y la falta de oportunidades son más fuertes que las expectativas y los sueños, por lo que querer ingresar a la educación superior no necesariamente implica poder hacerlo. 

Ana, Gabriela, Kevin y Yuri, son cuatro jóvenes chocoanos, hacen parte de los procesos que adelanta Educapaz en el departamento, están recién graduados como bachilleres y sus visiones sobre su futuro inmediato, diversas como el mismo Chocó, reflejan en gran medida ese dilema. 

Grandes sueños

Ir a la universidad en este 2020 es el objetivo de los cuatro. Eso lo tienen claro. Para Ana, eso significa empezar una carrera en lenguas modernas —”me apasionan los idiomas” dice—, el mismo rumbo que ha elegido Yuri, quien, en sus propias palabras, “quedó completamente enamorada” del inglés y del francés. Kevin desea continuar con la danza —”quiero ser un gran bailarín y coreógrafo”, asegura— y combinarla con administración de empresas, mientras que Gabriela aspira a seguir la tradición familiar y dedicarse a la música: “voy a ser una gran música”, promete sin falsa modestia y con toda la seguridad del mundo. 

Se saben afortunados: contrario a muchos de sus compañeros y compañeras de clase, la mayoría ha logrado forjar, por mérito propio, una camino hacia esa meta. Yuri y Ana, por ejemplo, han conseguido una de las becas Generación E que entrega el Estado, ayudas que —aclaran casi al unísono— esperan mantener durante toda la carrera con su buen rendimiento académico. Kevin, por su parte, aunque está haciendo las gestiones necesarias para entrar a la universidad —”me gustaría estudiar en otro lado, en otra ciudad, para conocer otros ambientes”, confiesa— aún no tiene tan claro cómo lograrlo, así que, por lo pronto, seguirá dirigiendo las compañías de baile en el centro cultural. 

Al acceder a la educación media y graduarse de ella, ya han superado las estadísticas que, frías e injustas, auguraban como lo más seguro que, al igual que un gran número de chocoanos y chocoanas, no lo lograrían. Cuando entren a la universidad, este o el próximo o el siguiente año según el caso, habrán roto los censos y serán parte de ese 24% de jóvenes del Chocó que acceden a la educación superior. 

Mucha agua ha pasado debajo del puente desde que los cuatro entraron por primera vez al colegio. Ana, por ejemplo, quería ser diseñadora gráfica —”me gusta y sé dibujar”, revela—, Yuri se veía como periodista —”pasó el tiempo y mis intereses cambiaron”, explica—, y Kevin hasta pensó en ser futbolista —”era bueno en los deportes”, relata—. 

Lo que no parece haber cambiado, no en el Chocó por lo menos, son las reducidas posibilidades que tienen las y los jóvenes para estudiar. Esperan ser la última generación que pueda decir eso. Esperan que con sus estudios puedan aportar a ello, puedan ayudar a cambiar el mundo o, por lo menos, su mundo.

Lo qué hicimos, dónde estuvimos

¡Volver al colegio!

Durante las semanas institucionales de enero, en los colegios CRESE de Bogotá, Cali, Chaparral e Ibagué, se iniciaron las jornadas de Formación general docente, una estrategia liderada por Educapaz para que las y los docentes, de acuerdo a los planes de transformación de sus colegios, se preparen en temas como justicia restaurativa, identificación y gestión de emociones, ética del cuidado, entre otras. 

¡Es el momento del perdón!

Las dos primeras semanas de febrero fueron especiales para las y los participantes del diplomado Transformaciones para la incidencia en educación en Quibdó (Chocó), San José (zona rural de Guapi), Timbiquí y López de Micay (Cauca). Fue entonces cuando inició la primera de las fases de las Escuelas de Perdón y Reconciliación (ES.PE.RE), dedicada precisamente al perdón. Como parte de su apuesta de incidencia en los territorios, las comunidades pudieron transitar por los caminos del cuidado, del autocuidado, la identificación de emociones, la transformación de la memoria ingrata y entender que el perdón es sobre todo, una decisión que no cambia el pasado, pero si el futuro.

¡Sabedores y sabedoras por la paz!

El pasado dos de febrero, en Nuevo Quibdó, cerca del corregimiento de Yuto, se dio un encuentro para compartir experiencias y fortalecer el autoreconocimiento desde la ancestralidad y la cultura. Fue una tarde llena de historias, con el propósito de conectar con las raíces potenciando la escucha. Las protagonistas fueran las y los sabedores de la comunidad, alrededor de quienes se sentaron los participantes para escuchar ininterrumpidamente sus saberes.