Más de seiscientas personas de todo el país participaron en el II Encuentro Nacional de Redes, realizado en la Pontificia Universidad Javeriana de Cali, entre el 19 y el 21 de septiembre. Este es el diario de campo uno de sus espectadores.

Día 1:#educamosparalapazcuando es la creatividad la que construye los pensamientos para transformación de la sociedad (@MiguelWayuu)

Decenas de cientos de personas salen del auditorio. Se ven felices. Sus sonrisas las delatan. También el hecho de que están todas, sin excepción, tarareando una misma tonada, cantando un mismo y animado coro: «¡Mateo matoneo!», canta la docente que viajó más de ochocientos kilómetros para llegar hasta acá. «¡Mateo matoneo!», entona el estudiante que atravesó tres cordilleras para estar ahí. «¡Mateo matoneo!», trova la lideresa que aunque vive en el otro extremo de la ciudad no quería perderse de nada.

«La canción es pegajosa –oigo que una maestra les reitera a los cuatro o cinco estudiantes con los que viajó y que cuida celosamente–: ojalá que el mensaje también lo sea». Se refiere a las causas, los efectos y las corresponsabilidades en el hostigamiento escolar, un tema complejo que Fe y Alegría y la compañía de teatro Esquina Latina –autores de la misma– se las arreglaron para mostrar de manera sencilla pero no por eso simplista. Con mi sonrisa apoyo, con complicidad, el consejo de la maestra.

Es justo decir que fue un día pasado por arte. Entre la obra “¿Qué esquina, cuáles paces?” y los bailes y puestas en escena de los gestores locales, se encargaron de que así fuera. Mientras me alejo de la Universidad y cojo camino por la fresca noche caleña, pienso en lo acertado que fue empezar así el encuentro: construir paz, al fin y al cabo, es un arte.

Día 2: #educamosparalapazcuando somos generosos para compartir lo que hemos aprendido (@nicna_camargo)

Cae la tarde y noto con sorpresa que dos días han sido suficientes para que se cree una legítima camaradería entre las y los asistentes al Encuentro, personas que hasta hace muy poco ni siquiera se conocían. Se han formado grupos de amigos –parceros por la educación, escucho autodenominarse a uno de ellos–, algunos de ellos pluriétnicos, la mayoría multigeneracionales y todos, sin excepción, interregionales. Es como ver a Colombia, pero en micro. Me gusta.

Se ven cansados. No les culpo. Ha sido un largo día lleno de actividades. Pero, a pesar del agotamiento, noto que no están callados, y esa es una buena señal: quiere decir que la jornada les dejó mucho en qué pensar. Supongo que ese era uno de los objetivos de Educapaz al reunir a tantas personas, a tantas experiencias pedagógicas.

Sentado en la cafetería revisando mis notas del día, no puedo evitar escuchar a aquel grupo dándole vueltas a la historia que contó “el gringo Neil” en la mañana, la de aquel país africano fundado por esclavizados libres; la de aquel pueblo que tuvo que desplazarse masivamente para huir de las balas y de los machetes pero, también, para evitar que sus niñas, niños y jóvenes fueran reclutados para la guerra. Repasan, una y otra vez, cómo fue que firmada la paz se vieron en la encrucijada de no poder retornar hasta que el Gobierno averiguara cómo pagaría los salarios de los docentes. Confiesan la sana envidia que les dio saber que la comunidad no se quedó quieta esperando una solución gubernamental que sabían demoraría en llegar, e inventaron soluciones locales para financiar a las y los maestras por ellos mismos. Se cuestionan, unos y otros, por su propia pasividad cuando reciben un no de los Gobiernos de turno. Se preguntan, en legítima autorreflexión, qué lecciones deben sacar de esa experiencia. Se prometen, solemnemente, volver a sus regiones como personas cambiadas.

En la fila para el refrigerio, un grupo de nuevas y espontáneas amigas –colegas por la paz, decido llamarlas en mi mente– intercambian notas sobre la jornada. Cada una de ellas, como me entero indiscretamente a lo largo de su amena charla, entró a uno de los más de treinta talleres y conversatorios paralelos de la jornada. Así lo planearon desde la noche anterior, como una ingeniosa estrategia para abarcar la mayor cantidad de espacios e información. «Mucho evento bueno y uno sin poder multiplicarse», dice una de ellas a manera de jocosa justificación. Estuvo en el conversatorio sobre escuelas resilientes. Allí conoció a aquel rector, a ese que llegó a una escuela fundada por los señores de la guerra,

al que vio cómo las aulas se convertían en macabras trincheras, al que fue testigo de cómo sus estudiantes fueron convertidos en guerreros u objetos sexuales; pero, sobre todo, conoció al rector que decidió quedarse haciéndoles frente a los tiempos más duros, al que se propuso eliminar el estigma con el que vivían las hijas e hijos de las víctimas y victimarios, que ahora compartían escuela, y al que confesó, con lágrimas en sus ojos, la emoción que le dio ver el abrazo entre dos adolescentes, abrazo que ponía fin a un delicado caso de matoneo y que renovaba sus esperanzas en que la reconciliación es posible, aun en contextos de violencia. Ella le dio la mano al final de la charla, y se sintió honrada por ello.

La anécdota ha dejado en silencio al grupo. Una de ellas decide romper el mutismo y, emocionada, cuenta su experiencia en el taller sobre jóvenes, muralismo y construcción de paz. Se avergüenza al reconocer que no sabía lo que era el muralismo, pero pronto lo supera al aceptar que, ahora que sabe del poder que tienen las creaciones gráficas urbanas para, por ejemplo, romper las fronteras invisibles que segregan comunidades, tiene pensado hacer algo así en su municipio. «Quizás un mural haga que la Alcaldía se acerque a la escuela por una vez en la vida», comenta con algo de sarcasmo.

No son los únicos combos que intercambian lo aprendido en el día. Mientras busco mi butaca en el auditorio para el cierre de la jornada, me doy cuenta de ello: «fui al taller de arte para la reconstrucción de la memoria», dice una joven –jovencísima– estudiante; «participé en el taller sobre jóvenes, muralismo y construcción de paz», comenta un docente afrocolombiano; «estuve en el conversatorio de etnoeducación y educación propia», comenta la gestora cachaca; «¿cómo te fuiste a perder el borondo por las exposiciones?», reclama alegremente una de las organizadoras.

Comencé estas notas diciendo que las personas se veían cansadas. Así era. Aunque ahora, en medio del gran concierto de Músicas para educar, evento con el que se cierra la jornada, parece una mentira: todas cantan esas cumbias, todas bailan esos vallenatos, todas rockean, todas saltan con esos ritmos urbanos. Es una magnífica forma de terminar el día, pienso. Al fin y al cabo, como creía Bob Marley, la música puede curar, literalmente curar, la enfermedad del odio.

Día 3: #educamosparalapazcuando nuestros Mambrús no vuelvan a la guerra (@yesidgonzalezp3)

Hay nostalgia en el ambiente. El campus universitario, con sus árboles multicolor, riachuelos, ardillas, pájaros y los inolvidables pavos que acompañaron tantas actividades al aire libre, va quedando vacío después de tres días de reflexión sobre la transformación educativa. Las comitivas se despiden con abrazos fraternales y sonrisas sinceras. Cada una de ellas debe volver a su región. En sus rostros se ve la satisfacción del deber cumplido, y en sus palabras se siente la melancolía del adiós.

«Nos volveremos a encontrar», se prometen. Creo que así será. No en balde pasaron todo este último día identificando acciones conjuntas de acá a un año y fortaleciendo el trabajo en redes: comunicación y educación para la paz, directivos docentes, docentes innovadores, educación propia y etnoeducación, educación por la memoria del Caribe, educación rural, escuelas normales, orientadoras y orientadores,música para educar… Sobre estos y otros temas meditaron; sobre estos y otros asuntos asumieron sinceros compromisos; con estas y otras herramientas pasarán del cambio personal a la incidencia en política educativa.

«En el Encuentro no llegamos a conclusiones; llegamos a conclu-acciones –escucho al equipo de Educapaz hablar–: el cierre de un encuentro es solo el inicio de nuevos objetivos» (ver recuadro). No es carreta ni blablablá. Que una de las actividades de cierre del evento sea el lanzamiento de la Red Nacional de Jóvenes, así lo prueba. Que otra sea la reflexión sobre el rol de las comunidades educativas frente a las elecciones locales que se vienen, también lo hace (ver artículo central). Cerrar para abrir, clausurar para inaugurar: un ciclo antes que un evento.

Fueron muchas y variopintas despedidas. Algunas planeadas y otras espontáneas, pero ninguna de ellas convencional, de eso estoy seguro. En medio de una de las plazoletas, mujeres y hombres de todas las regiones respetuosamente toman prestado un ritual del pueblo nasa y, siguiendo la rítmica percusión de una tambora, bailan alrededor de un madero que se extiende hasta el cielo. Bailan, y mientras lo hacen llevan en sus manos unas cuerdas que simbolizan el esfuerzo individual. Bailan, y al hacerlo sus cordeles se entrelazan como metáfora del trabajo en equipo. Bailan, y el mástil queda totalmente recubierto de un tapiz multicolor que representa aquello que solo se puede lograr entre todos, en comunidad,en red.

«Nos volveremos a ver», se prometen en medio de abrazos a las afueras de la Universidad bajo las últimas luces del fresco atardecer caleño con su tradicional olor dulce. «¿Cuándo será ese cuando», preguntan. «Pronto, si Dios quiere. O si no, en un año, en el Tercer Encuentro Nacional de Redes, en Tolima», responden ✐