Ciudadanías sexuales

El profe Luís Miguel Bermúdez Gutiérrez ha puesto a hablar al país y al mundo de las ciudadanías sexuales, un enfoque pedagógico dirigido a darle autonomía a las mujeres sobre sus cuerpos, crearles espacios seguros para ello y resignificar las masculinidades. Esta es la historia de cómo llegó a ello.

Todo empezó con un libro. Con la Enciclopedia de la sexualidad humana de Masters y Johnson, para ser exactos. Era de su mamá. Se la dieron como parte del material de un programa de empoderamiento a mujeres trabajadoras. Ella se avergonzó por dejarlo en el comedor de la casa a la vista de su hijo de doce años, pero entendió que si iba a ser la encargada de replicar lo aprendido entre las demás mujeres de la empresa, tendría que empezar por naturalizar el tema. «Cuando tenga preguntas me dice, mijo». Él nunca había visto imágenes sexuales tan explícitas. Se sorprendió al no sentir morbo sino curiosidad, curiosidad científica para ser precisos. Se la devoró durante los almuerzos ante la mirada de su madre. 

El resto de su pubertad y adolescencia fue una suerte de lucha para no desaprender. Una tarea nada fácil en medio de insulsas clases basadas en una visión pecaminosa de la sexualidad —como las que vio en el colegio— o de paranoicos talleres dirigidos a crear terror sobre el sexo —como durante su época de policía bachiller—. “Era la pedagogía del miedo”, recuerda. Eso no lo vino a comprender hasta la universidad, leyendo a Foucault, con quien supo que el control político pasa por el deseo de controlar los cuerpos y que en un mundo machista se va a querer, necesariamente, gobernar la sexualidad de las mujeres.

 Interiorizarlo le costó un poco más de tiempo. Para llegar a ello primero tuvo que conocer a Samantha. Ella, una mujer afro tan alta como inteligente, fue su primer contacto con la T, quizás la letra más olvidada en la sigla LGBT. Fue en Santafé, el tradicional barrio bogotano convertido en albergue de muchas trabajadoras sexuales, Samantha una de ellas. Él la contactó como parte de su proceso académico. Ella lo invitó a tomarse un chocolate con arepa. Para él, fue insoportable escuchar la tormenta de burlas e insultos homofóbicos lanzados por los vecinos al verlos juntos, crueldades que terminaron rompiendo su por entonces frágil masculinidad. Para ella, se trató tan solo de un día más en el barrio, uno en el que el precio a pagar por actuar como se sentía y no como se suponía la convertían en el blanco perfecto de las humillaciones. Él bajó la cabeza avergonzado e inconscientemente se alejó, dejándola sola en la calle. Ella supo aceptar sus disculpas y le dio una de las mejores lecciones de vida, una que ni Masters, ni Johnson ni Foucault hubieran podido brindarle: «El dia que puedas invitarnos a tu casa —le dijo—, presentarnos a tu familia como si fuéramos cualquier otra amiga, ese día y no antes, podrás darte el lujo de decir que ya has logrado superar tu intolerancia». Él optó por enfocar su carrera en la ciudadanía sexual. 

Simone de Beauvoir lo convenció de que la mujer no nace sino que se construye socialmente, Milanovsky le mostró que el género no es una condición natural sino aprendida y los textos feministas le enseñaron que este, el feminismo, es una corriente filosófica tan rica en conocimiento como ignorada. Con estas certezas llegó al I.E.D. Gerardo Paredes, de la localidad de Suba, como profesor de ciencias sociales y ética. «Los libros no me habían preparado para una experiencia que, —confiesa—, llegó a abrumarme y a causarme serios problemas de ansiedad y crisis emocionales». Pronto se hizo evidente que los muchos obstáculos académicos de gran parte de sus estudiantes, en especial de las mujeres, tenían una raíz común: el abuso sexual. «¿Cómo iban a estudiar —se preguntó con evidente rabia— si no se atreven a salir a la sala porque su abuelo las manosea? ¿Cómo van a estudiar si no pueden dejar solas a sus hermanas ante el miedo de que el inquilino de al lado abuse de ellas? ¿Cómo van estudiar —repite y se le corta la voz— si tienen la certeza de que sus propias hijas van a ser violadas porque así le pasó a ellas, a sus mamás y a sus abuelas?».

Que paradoja: su primer contacto con la educación sexual en el colegio fue desde una realidad violenta y con un enfoque reactivo. Justo lo que no quería que pasara. Fue necesario. Aunque todos parecían conocer lo que pasaba, nadie hacía nada al respecto. Aunque los protocolos existían, nadie los conocía ni, mucho menos, los aplicaba. «Era como si lo único que les interesara —se queja— era tener niñas momias en el colegio: juiciositas, bien sentaditas y bien peinaditas, así estuvieran rotas por dentro». Por ello y por su propia salud mental, emprendió aquella travesía que terminó en una de las más ambiciosas y exitosas transformaciones pedagógicas: Educación para la sexualidad y la construcción de ciudadanía, un currículo en el que prima el enfoque diferencial, la inclusión, la perspectiva de género y la promoción de los Derechos Humanos, Sexuales y Reproductivos. Uno en el que el sexo como actividad deja de ser un dilema y le da el protagonismo a la necesidad de que las mujeres decidan informada y autónomamente sobre sus cuerpos. Uno que rompe las barreras de acceso a los métodos de planificación para mujeres y para hombres, y en el que estos últimos replantean sus masculinidades siendo capaces de renunciar a privilegios machistas con el fin de brindarle espacios más seguros a las mujeres.

Lograrlo fue difícil, quizás de los retos más complicados que ha emprendido. «Mi mayor orgullo —confiesa— es que le quitamos los niños y niñas a Google y a los grupos de amigos: ahora prefieren venir a esta oficina a hablar de estas cosas con nosotros, en vez de buscar otras fuentes que están llenas de desinformación. Ese es el mayor éxito». En ese camino fue vital la rectoral del colegio, María del Carmen Murcia Gómez. Cuando le auguraron fracaso, ella lo apoyó. Cuando lo tacharon de jipi y hasta de pervertido, ella lo defendió. Cuando intentaron ponerle obstáculos, ella le ayudó. Cuando quisieron despedirlo, ella lo respaldó. «Sin ese apoyo institucional —reconoce— no hubiera sido capaz de hacer todo esto. Fueron años de trabajo para llegar a donde estamos, para que todos estos jóvenes se sintieran cómodos tocando a la puerta de la oficina para pedir unos condones, una prueba de embarazo o para que le ayudemos a solicitar una cita médica. Sin el respaldo de la rectora eso no sería posible».

El resto, como se dice, es historia: una disminución histórica en la violencia de género y en los índices de embarazo adolescente no deseado en el colegio, aumento cualitativo en los niveles de información sobre sexualidad, consolidación de espacios seguros para que las y los estudiantes decidieran sobre su cuerpo, reconocimiento como Gran Maestro 2017 por la Fundación Compartir y finalista Top 10 al Global Teacher Prize 2018, considerado el Premio Nobel de la Educación. 

Pero esta historia no se trata de él, del profe Luís Miguel Bermúdez Gutiérrez. No realmente. Esta es la historia de doña Herminda Gutiérrez, una madre cabeza de hogar con la claridad suficiente para saber que dejar que su hijo leyera la enciclopedia sexual era una buena idea. Es la historia de Samantha, una líder transexual con la valentía suficiente para frentear a cualquiera con argumentos y derrumbar imaginarios discriminatorios. Es también la historia de María del Carmen, una rectora que ha sabido poner el bienestar de sus alumnas y alumnos por encima de los prejuicios de muchos docentes y familias. Es la historia de esas alumnas que lo convencieron y motivaron a hacer más, mucho más de lo que se esperaba de un profesor de ciencias sociales y ética. Esas son las historias que hoy valen la pena contar.